En
este proyecto, Gabriel Orozco instaló la famosa tienda de conveniencia Oxxo en
la galería Kurimanzutto. Al entrar, se le da al espectador un billete con la
impresión mitad dólar y mitad peso y la centro el logo del artista. Al entrar a
la tienda en cuestión, uno se encuentra la casi total normalidad de un Oxxo,
sin embargo, al poco tiempo se puede apreciar que algunos objetos están
intervenidos por el artista. Se invita al espectador a canjear su billete por
cualquier cosa del Oxxo no intervenida (a excepción de electrónicos y botellas
de alcohol grandes, posteriormente un amigo me mencionaría que ya ni siquiera
se podría canjear en absoluto por alcohol o cigarros.), si se quieren más
billetes, se tendrán que pagar por cada uno mil pesos y si se quiere comprar un
producto intervenido tendrá que hacerse bajo las reglas normales de compra de
arte, saliendo del Oxxo para ir a la sección de ventas en la galería, donde se
tiene que estar dispuesto a pagar cantidades extraordinarias (cotidianas para
la obra de Orozco). Saliendo por el otro lado del Oxxo, se puede apreciar una
galería en su formato habitual donde se exhiben empaques intervenidos
despojados de sus productos perecederos.
La
obra resulta una evidencia más que una crítica del cinismo del mercado del arte.
Una obra que se expone bajo una falsa democratización, utilizando una marca
reconocida y utilizada por la mayoría de los mexicanos. Sin embargo, la obra a
la vez es una gran propuesta del marketing, al ser una marca así de reconocida,
aparte de darle prestigio a la tienda, todo mundo habla de la obra, y no por
las razones que el artista proponía (hasta donde sabemos), nadie habla del
cuestionamiento del mercado del arte, todos se preguntan si siquiera es
arte. Al entrar a este Oxxo, uno se
convierte un marginalizado donde un poder, la galería, le impone lo que puede o
no adquirir. Un clasismo que revela quien puede jugar en el mundo del arte, y
quien puede pretender jugar. La crítica al mercado que pretendía el artista se
muestra fallida al solo reforzar las reglas del juego. Radical hubiera sido que
sí se hubiera podido llevar cualquier producto, inclusive los intervenidos, con
el mismo billete. Nadie se atreve, ni el artista, ni la galería, ni los
coleccionistas a abaratar la obra de Orozco. La obra cae un ciclo vicioso de la
pseudo-crítica desde el mismo arte, que funciona de cierta manera y no pretende
cambiar.
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