miércoles, 6 de abril de 2016

Manolo Larrosa

Sobre Burtynsky, Manufactured Landscapes.



El filme presenta una mirada que registra la composición de la escena humana durante la transformación de la materia y el desecho de lo producido tras haber sido consumido o haber alcanzado la obsolescencia característica de nuestro tiempo.

En la primera fase de esta relación la configuración de los trabajadores en el espacio, junto con la ejecución gestual, es de subordinación a ritmos y movimientos que no se sienten ni cómodos ni naturales. Sino determinados a partir de una finalidad desconocida al individuo. Me refiero a que ninguno de los actos que realizan les permiten ver un resultado. Esto nos remite a dos pavorosas situaciones ya analizadas por Marx y por la sabiduría popular rusa. El primero nos dice que esta condición lleva al trabajador a no estar satisfecho nunca porque no alcanza a ver el resultado de su trabajo. La otra, a un trabajador que todos los días robaba una pieza de la fábrica donde trabaja. Al final del mes decide juntarlas para ensamblar una aspiradora, supuesto producto de la compañía, no importa en qué orden lo haga, siempre obtiene un rifle. Esta condición de no tener la sensación de conclusión alguna en la vida de los actos que se realizan puede ser lo que produzca esa transmisión de desasosiego que sobreviene cuando una alarma suena y todos los trabajadores abandonan el puesto de trabajo sin emoción alguna.
Esta cuestión se traslada de manera invertida a la vida cotidiana, sobre todo en las urbes, y cada vez más en el campo; no tenemos ni idea del origen de aquello que consumimos, por lo tanto, no tenemos una noción en lo absoluto de qué esfuerzos y qué desgastes tiene como consecuencia, las envolturas y los anuncios que las acompañan no nos dicen nada sobre el lugar y condición que las hace posible. Esta doble tensión de la vida actual lleva a una desconexión del individuo con sus relaciones que después se traduce en un deriva y una sensación de descontrol que nos es común a todos.  
Parecería extraño que no haya alegría por el momento de salir al aire libre, comer, ser un individuo de nuevo. Pues bien, lo que sucede es que el espacio de recreación como tal no existe, porque no se da la diferenciación necesaria, el anonimato -en el sentido de no ser observado, no estar en la mira- sobre el que se fundamenta el juego (Gadamer). Nos encontramos con un nuevo escenario totalmente ordenado en el que el sujeto tiene un lugar y una actitud predispuesta e imposible de quebrantar.

La constante aparición de órdenes masivos de elementos supuestamente homogéneos es la pauta que rige la producción, enfatizada y conducida por una sensibilidad en el ritmo que nos marca los recorridos, flujos de una mirada sólo posible gracias a otras máquinas -gran diferencia, estas sí enfocadas a la coherencia sintética de la que depende el humano para hacer sentido de los fenómenos (Kant).

Nos encontramos con el polo opuesto de esta actividad humana de productividad incesante: la recuperación de la materia a partir de los pepenadores de todo tipo de basura, del desmontaje de barcos, o la extracción de la materia en bruto, en minas de todo tipo o productoras de carbón. En estos casos la impresión que impacta es la dimensión de la destrucción o erosión de la que es capaz un ser tan pequeño como el ser humano. Ahora, aquí tenemos una doble condición de reconocimiento de la realidad que es una reflexión per se del funcionamiento actual de la creatividad humana, por un lado la tarea titánica de extraer montañas enteras de sus minerales y trasladarlas comercialmente, pero su contraparte es la necesidad de deshacer lo que alguien más construyó, como vemos en el caso de los barcos o de los aparatos.

Al escribir esto me viene a la cabeza la categoría antropoceno, tan de moda en estos tiempos, que refiere a la llegada de una ‘era’ en términos geológicos, en la que el hombre supuestamente tiene el mando del destino del planeta. Si tenemos en cuenta que lo que estamos modificando son los paisajes, título del trabajo de Burtynsky, ello no quiere decir que tengamos la capacidad de manejar los movimientos, ciclos e interrelaciones que hacen al paisaje capaz de mantener la vida (Lovelock). Lo que consideran los estudiosos de Gaia es que tenemos en nuestras manos la posibilidad de permitirnos sobrevivir; en el caso de la vida y las condiciones de este ser vivo llamado Tierra lo que han hecho los humanos con sus reservas no es ni un rasguño, si tenemos en cuenta los trances por los que ha pasado este impresionante ser que en los últimos segundos -en relación al tiempo de vida antes de los humanos- supone ser amenazado por la criatura más soberbia que ha vivido a partir de ella.
Sería bueno considerar que nuestras preocupaciones conciernen a nuestra posibilidad de permanecer alimentándonos y siendo capaces de respirar. La vida conoce otras rutas desconocidas para nosotros e imposibles de habitar.

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