¿Cuántas veces se debe decir algo para poder comunicarte con
los otros?
Parece que la obra del artista japonés Meiro Koisumi, My Voice will reach you del año 2009, es
una evidencia del aislamiento que se produce en los habitantes de metrópolis
hipermodernas, que necesitan de aparatos tecnológicos para interactuar con los
otros y son incapaces de comunicarse entre sí.
En la obra, protagonizada por un hombre joven de traje y corbata que se encuentra conversando por un teléfono celular en la intersección de dos calles, hay una serie de alteraciones al sonido del ambiente y de la conversación, que serán claves para el desarrollo del vídeo. En un primer momento, cuando sólo escuchamos el lado de la conversación del hombre, parece que esta es completamente normal, aunque esto es sólo una ilusión; después de repetirse varias veces, en las que el muchacho utiliza los mismos diálogos una y otra vez, la conversación es interrumpida por un relato de una anécdota de su infancia, en el que se contextualiza la relación que tenía con su mamá y sus profundas dificultades, el vídeo regresa a la primera imagen, y repite las conversaciones que presenciamos al principio, sólo que esta vez escuchamos sus dos lados. Así, nos percatamos que quien está al otro extremo de la línea telefónica no es la mamá del individuo que conocimos al principio, sino diversos operadores de centros de atención a clientes, comúnmente llamados, call centers. Los operadores de estos centros no se explican porque el hombre está llamándoles o porque se expresa de esa forma, sin atender en lo más mínimo a su voz.
Esta última situación llega a causar en el espectador o risa, por lo absurdo de la situación, o tristeza y conflicto, por la total conexión entre ambos interlocutores, y la desesperación del hombre del traje por hablar con su madre. Sin embargo, creo que vale la pena señalar que el conflicto que genera la aparente falla en la comunicación humana, es sólo el resultado de lo bien que Koisumi construye su obra.
En el vídeo, el “actor” no se comunica con la persona del otro
lado de la línea telefónica, se comunica con el espectador del video: la
prioridad no está en tener una conversación lógica, amena y significativa por
el celular, es la de producir un efecto o impacto en quienes observan la obra, objetivo que logra exitosamente, apelando a la
sentimentalidad y el recuerdo propio de cada uno de nosotros, en relación a
nuestra mamá. Esto lo logra recurriendo a la infancia, y a episodios de esta que en su
momento no fueron significativos, pero que, al recordar a una persona ahora ausente e intentar recobrarla para además (re)construir una conexión madre-hijo que nunca existió, lo son. Al contrastar esto con el escenario en que se da ese momento, un ambiente
citadino en el que sólo aparecen no-lugares,
espacios donde prácticamente no son posibles esta clase de emociones, Koisumi engancha al espectador, y potencializa su sensibilidad y su inversión sentimental con la obra, aludiendo a la propia experiencia e historia individual y subjetiva del espectador.
Así es como finalmente podemos deducir que la voz de Meiro Koisumi, de hecho si nos alcanza, afectando nuestras emociones, inevitablemente.
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