Meiro Koizumi es un artista japonés que a partir de un
montaje escénico en su vídeo-instalación: My voice will
reach you, evidencia la ausencia en la presencia dentro de la
sociedad actual, es decir, la situación de la aparente cercanía con el otro
dentro de una comunidad, que a la vez es indiferente y aislada, que se mira
como una otredad con la que no guarda una aproximación sensible
o comunicativa, transformando así,
la interacción en una acción mecánica y
desentendida.
Al comienzo del vídeo se
pueden percibir los sonidos urbanos de
una metrópolis en movimiento. En la escena principal se ve a
un hombre, en medio de un cruce peatonal, llevando acabo
una conversación por celular, de la que sólo se
puede oír su intervención, la conversación revela que
la persona al otro lado del celular es la madre
del protagonista.
A su alrededor se observa el transito sin cesar de gente que
viene y va de manera autómata. La luz del día
cambia progresivamente a la par del desarrollo de la conversación,
dando la sensación de un cambio temporal en donde la acción
del hombre se ve interrumpida y a manera de edición se arma un
discurso coherente entre él y el receptor ausente. El
observador perspicaz puede intuir, debido al nombre del vídeo,
que la madre ya no está con vida y el acto del hombre al habla se conforma
como un intento de revivirla o incluso cómo una forma de enfrentarse al duelo.
Las sospechas se confirman cuando el vídeo pierde el sonido y
el entorno urbano en movimiento muta a una secuencia de fotografías de
escenarios aislados, acompañados por una carta hecha por un hijo a su madre en
la cual se plasman recuerdos de su niñez, los lugares aislados cambian a fotografías
que ilustran los recuerdos infantiles de quien la escribe. De manera agridulce,
el autor de la carta reconoce la limitación en la que se encuentra, pues la
carta jamás podrá ser recibida. Sin embargo, en un tono nostálgico, declara su
esperanza de que sus palabras lleguen hasta donde puedan ser escuchadas por la
persona a la que son destinadas.
Con este giro amargo, el vídeo regresa a la escena
que abrió la puesta: el hombre hablando por celular, sólo que en esta
ocasión, se nos permite escuchar la repuesta del interlocutor. Se revela
entonces que la persona al extremo del aparato es en realidad un grupo de
vendedores y empleados de asistencia telefónica.
El hombre se dirige a ellos como si hablara con su madre,
des-contextualizando a los venderos quienes, al no saber cómo
reaccionar, intentan aclarar lo que creen que es una confusión por
parte del hombre al habla, explicando su función y repitiendo
la empresa para la que trabajan, o bien forzando
la conversación a como "debería de ser", es decir,
intentan cumplir con su función brindándole al
hombre la atención que su puesto demanda, ignorando las palabras
de este. Al mismo tiempo el hombre ignora los intentos de los interlocutores y
a manera de monólogo prosigue con su guion.
El diálogo del hombre se repite una y otra vez con cada
vendedor. A partir de este intercambio unilateral e individual
de comunicación, se conforma una sola narrativa hasta que al
final, la conversación es terminada por parte del interlocutor al
cortar la llamada, dejando al hombre preguntándose una y otra
vez por su madre.
El vídeo tiene varios niveles
de interpretación. Si bien, en un principio, puede leerse como
una catarsis por parte del artista ante la muerte de su madre o un último adiós a
ella, la manera de configurar el discurso abre otras líneas de
diálogo ante lo expuesto. En este sentido,
la acción del artista se transforma en un discurso engañoso, en el sentido de que, a la manera más "obvia" y directa
logra captar la atención del espectador al formar puentes de comunicación empáticas
que permiten la identificación en el otro, catalizando así las emociones que
permiten la apertura a otros tópicos de reflexión tales
como: la soledad y la autoscopia que impide la comunicación o peor aún,
el desinterés de los individuos de entablar una relación.
La lectura entonces se
vuelca en una crítica a la existencia desconectada de los grupos de personas
que guardan una proximidad, evidencia la crisis existencial de un mundo ruidoso,
la soledad dentro del ámbito social, el individualismo, los relatos
individuales que no buscan una retroalimentación y más bien van dirigidos a ser
un doloroso placer íntimo, que busca un deshago en otros, es decir, los otros
son herramientas para un fin egoísta, tratándolos como depositos, evidencia
entonces, el constante ensimismamiento en el actuar humano.
En otro nivel de lectura, debido a los orígenes del
artista, no se puede separar la idea de que también se busca
criticar las estructuras del sistema que inhabilitan otra
forma de actuar que sea opuesta al protocolo establecido, o bien, que cancelan
la interacción empática humana y la limitan a un servicio para aun
fin comercial, sobre todo en una sociedad tan recta, disciplinaria y
estricta como lo es la sociedad japonesa.
El artista retrata cómo los individuos gritan al
mismo tiempo, ya sea como protesta, luto o inconformidad, sin
escucharse, atrapados en el sonido de sus propias voces, esperando que lleguen
a alguien.
Esmeralda Arredondo Islas
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