miércoles, 27 de enero de 2016





En 2009 el artista de origen japonés Meiro Koizumi realizó una videoinstalación que se inserta dentro del arte contemporáneo a la que tituló My voice will reach you, este es un video de 16 minutos en se presenta un hombre que llama por celular en el crucero de una avenida muy transitada. El dialogo que pronuncia es dirigido a su madre, a quien tras expresarle su buen estado de salud invita a pasar unos días de descanso junto con él, haciéndole saber que él asumirá los gastos económicos que ésto conlleve y que ha recibido el arroz que le envío, y a forma de reproche le dice que no es necesario que lo siga haciendo porque ya es mayor.

Posteriormente, el video pierde el sonido y comienzan a mostrarse una serie de fotografías de lugares públicos en la ciudad, tal como puentes peatonales y escaleras en plazas públicas, junto con oraciones en japonés (traducidas con subtítulos), que conforman una carta dirigida para el espectador, en la que trae a cuenta recuerdos de su infancia, tal como la diferencia entre el lunch frío que su madre le enviaba al colegio y el de sus compañeros, que estaba caliente, por lo cual se sentía avergonzado; y otro donde fueron de día de campo y a andar en bicicleta; para este momento, las fotografías en pantalla han cambiado a aquellas de la época de su vida de la que la misiva habla. Ésta finaliza diciendo que si no fuera por el medio que emplea para contar estos recuerdos sería imposible transmitirlos, aunque el que realizarlo de la forma en que lo hace no es garantía de que su carta sea recibida, pero que sabe que de alguna forma su voz nos alcanzará (my voice will reach you), frase de donde adquiere nombre esta pieza.

A continuación, la escena regrese a la vía pública donde el hombre llama nuevamente por teléfono realizando el mismo dialogo inicial, pero esta vez es posible escuchar aquello que le contesta la persona que se encuentra del otro lado del teléfono y es a causa de ésto que se le hace saber al espectador que no es su madre con quien habla, sino con vendedores telefónicas de seguros y tarjetas, a quienes se dirige como si fueran su madre, reprochándoles el envío de arroz e invitándolos a pasar unos días de descanso juntos, a lo que los vendedores se muestran desconcertados pero tratan de conciliar aquello que el hombre les dice con la línea de la empresa en que laboran.
Esta parte funciona como símil entre el que los vendedores no salen de su guión de venta y él repitiendo el mismo diálogo con cada uno de los diferentes vendedores con que habla, hasta la parte final en que rompe con dicha repetición, despidiéndose. 
A su vez, encuentro que el diálogo reiterativo que realiza funge como mantra: rezo repetitivo que otorga sanación, y la carta, cargada con un carácter apologético, a pesar de no ser él responsable por las cosas que expresa y con una estructura similar al de las últimas cartas escritas por los kamikazes.

En la medida que el hombre sostiene un diálogo que se dirige para alguien que no es aquel que se encuentra del otro lado de la línea, y que dicha persona no lo sigue en la conversación, el dialogo se vuelve unidireccional, aspecto que se reafirma por el sitio en que se encuentra: la caótica y ruidosa vía pública, reafirmando la situación de soledad en que se encuentra.


Isabel De la Vega Hernández

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