Del viento y piedra
Esta es una exposición que fue diseñada específicamente para el espacio conocido como “Celda Contemporánea” en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Dicha especificidad la acerca más al ámbito de la instalación que al escultórico, sin embargo la exposición se puede dividir en dos “esculturas”; una pieza de gran formato y otra de múltiples partes de formato chico pero dispuestas de manera extensa. En este espacio situado sobre las ruinas del mismo Claustro, los artistas Saúl Kaminer y Francisco Muñoz crean un discurso sobre “las formas que habitan el viento” de manera plástica y sonora.
La primera sala expone la obra de Saúl Kaminer, quien -según Roselin Rodríguez (autora del texto curatorial)- crea una pieza que encarna “la especialización del dibujo en forma transitable y la conversión de la instalación en mecanismo”. La segunda sala aloja la obra de Francisco Muñoz, quien coloca en el suelo una serie de diferentes objetos “replicados en el más común material de construcción y, con este gesto, [los despoja] de su valor objetual anterior para devenir en un rastro visual de formas que simula un paisaje diseñado por las ráfagas”.
La pieza de Kaminer efectivamente tiene una cualidad de dibujo a pesar de su tridimensionalidad y convierte a este trazo orgánico en un espacio transitable. También es cierto que trata a su instalación como mecanismo, pues usa materiales industriales que usualmente cumplirían una función en una fábrica. Sin embargo, a nivel plástico tenía algunos problemas; las uniones de cada manguera estaban envueltas en papel aluminio, detalle que ensuciaba visualmente la elegancia del sistema respiratorio industrial. Si “un espacio se forma por el conjunto de relaciones que ocurren en él”, los puntos en los que se une una manguera con otra (o en lenguaje bidimensional, una línea con otra), son de suma importancia pues son la médula de dichas relaciones.
Asimismo, la obra de Muñoz tiene algunos defectos plásticos. Aunque logra su cometido al despojar a los objetos de su valor y convertirlos en un rastro dentro de una ruina arqueológica, habría que cuestionar su selección de material. Lo que dice Rodríguez es cierto en cuanto al concreto como el material de construcción más común, sin embargo no es necesariamente el mejor medio para “simular un paisaje diseñado por ráfagas”. El concreto nos remite más bien a una erosión creada por mano humana al extraer el material de las montañas, no al delicado desgaste que sufren los objetos expuestos al viento. Quizá si las piezas fuesen de barro podría establecer un vínculo más cercano entre la materialidad de la obra y su contenido.
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